Cuenta la historia que hubo un hombre perseguido por la justicia. Este hombre era un hombre del pueblo. En su trabajo buscaba ayudar a los trabajadores. Aunque su filosofía cambiara su intención era siempre la misma que todo el mundo fuera feliz. Se dio cuenta de que para la gente normal había todo tipo de ayuda, pero para los que de verdad necesitaban ayuda que eran los que hacían daño, nadie decía nada. Se atrevió a hablar de ellos, se atrevió a mostrar el camino del cambio a aquellos que hacían daño a los demás, pues soñaba con que dejaran de hacerlo, quizás inventó los casos, pero el fin era aplicar lo que sabia para que ellos vieran que había solución.
En su corazón había un deseo, ayudarles para traer el bien para todos. Sabia que había una solución, medito y medito hasta que al final a su mente llego un mensaje como una luz.
Recordó la creación de la biblia, Dios puso el mundo a los pies del Hombre, ante sus ojos lo vio claro, la vida está para verla, puramente, pero para disfrutarla. El negarse el disfrute de algo, generaba insatisfacción, y esta insatisfación era el origen del mal, de la infidelidad, de cualquier degeneración sexual.
Se dio cuenta que todo lo que veía, podía admirarlo y disfrutarlo. Si veía una muchacha guapa pues admiraba su bello rostro. Lejos de la insatisfacción de la deprabación, encontró satisfacción pues había encontrado la forma de disfrutar de todo, puramente. Este era el secreto.
Nada hay de malo en mirar un instante cualquier cosa, en caso contrario, la negación, produce malestar y la falsa creencia de que le faltaba algo. Así la mujer pensaba que su marido no ya no la satisfacía, o el hombre lo mismo.
El aprender a ver las cosas con bondad y pureza nos hace la vida feliz. Nos colma de todo, pues de todo disfrutamos, más estamos contentos con lo que tenemos, pues no olvidamos todas las cosas buenas que encierran.
También se dió cuenta que el budismo podía ayudar muchisimo. Pues la insatisfacción sexual era causada por la busqueda del propio placer sexual. Entonces descubrió la verdad, que el intentar dar placer era en si, fuente de placer y satisfacción superior al simple, monotono y egoista sexo.
Escribió muchas cosas sobre casi todos los problemas que pudo imaginar. Más las autoridades que de esto no conocía lo atacaron con fiereza. Lo creían loco, y tenían claro que encerrarlo debían. Para ello le hicieron todo tipo de ataques trampas, le administraban drogas de cualquier tipo, para ello antes le preguntaban las que había tomado. Nada paraba o ponía límites a sus ataques.
Tenían que volverlo loco, a cualquier precio, hasta le impedían dormir por la noche para a la tercer o cuarta noche sin dormir, podían colocarle pastillas en la garganta que le iban haciendo efecto todo el día o días.
Su estado de nervios estaba alterado. Meditaba y se relajaba, pero la tensión era tremenda, la tortura era salvaje. No reparaban en gastos. 200.000 € en un año, seguro. Más cuanto más duros eran los ataques el Ying Yang se manifestó.

Todo tiene su equilibrio. Cuanto mayor sea el mal, más grande es la posibilidad de hacer el bien. Cuando más odio, te envían y casi rozas la ira loca y crees lo que te dicen, si tu búsqueda es sincera, si tu corazón suspira por no hacer daño, sino por amar a los demás, surgirá el Yang de ese Ying.
En la acción pura reside el camino. Hemos de tener fe. La impaciencia es la puerta de la violencia. En la tranquilidad en sosiego, todo se arregla. Los problemas se resuelven. Se descubre un nuevo e increíble camino.
En esos momentos de crisis y de busqueda de felicidad de los demás, al menos ecuanimidad terreral económica, el muchacho vió imágenes que le indicaban el camino, o quizás la clave para ayudar a los demás. Entonces recobró su fe en Dios, pues aunque él no se beneficiara, al menos todo había merecido la pena. Y se arrepintió de sus reproches, y de su ira, de su falta de fe en Dios. Y le dió gracias arrepentido.
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